Fase 1: Postoperatorio inmediato (semanas 0 a 2)
En las primeras horas tras la cirugía ya empieza el trabajo. El objetivo no es la fuerza ni la flexión máxima, sino proteger el injerto, controlar el dolor y la hinchazón (y vigilar un posible edema óseo), prevenir complicaciones y recuperar la extensión completa, que es la prioridad de esta fase.
Perder la extensión estos primeros días complica toda la recuperación posterior: la rodilla aprende rápido a protegerse en una ligera flexión que, si se mantiene, cuesta mucho revertir.
Los primeros ejercicios son sencillos: isométricos de cuádriceps, elevación de la pierna recta, bombeos de tobillo, extensión pasiva con el talón elevado, flexión controlada según tolerancia, movilizaciones de la rótula y marcha con muletas según el protocolo del cirujano. La crioterapia y el control del edema son protagonistas.
Aquí, las herramientas de fisioterapia ayudan a crear un mejor entorno para que el ejercicio progrese antes: la bomba diamagnética para el edema y la inflamación postquirúrgica, y la neuromodulación para combatir la inhibición del cuádriceps, siempre tras una valoración individualizada.
Fase 2: Fuerza temprana y retirada de muletas (semanas 2 a 6)
Con el dolor más controlado, el foco se desplaza a normalizar la función básica. Se retiran progresivamente las muletas a medida que la marcha mejora y el cuádriceps controla la extensión al apoyar; se sigue ganando flexión y se mantiene la extensión completa.
Empieza el trabajo de fuerza en cadena cinética cerrada: mini-sentadillas, prensa en rango seguro, trabajo de escalón. Cuando la flexión lo permite, la bicicleta estática es un gran aliado.
Se introducen los primeros ejercicios de propiocepción en apoyo sobre las dos piernas. Y se cuida especialmente la marcha: caminar sin cojera, con extensión completa al apoyar el talón, es un objetivo en sí mismo.
Fase 3: Propiocepción y cadena cinética cerrada (semanas 6 a 12)
Con la movilidad en buen camino y la marcha normalizada, esta fase persigue la recuperación funcional real: que la rodilla aguante carga, absorba impactos y responda de forma coordinada.
La fuerza es la protagonista, y hay un dato clave: la simetría de fuerza del cuádriceps respecto a la pierna sana es uno de los mejores predictores del resultado final.
Se progresa en cadena cinética cerrada (sentadillas, zancadas, step-ups, prensa), trabajo a una pierna, equilibrio en superficies inestables y trabajo excéntrico. Sobre todo, empieza el reentrenamiento del control del valgo: que cadera, rodilla y glúteo trabajen alineados. La vuelta a la carrera se autoriza por criterios, no por fecha.
Fase 4: Readaptación deportiva (mes 3 al 6)
Es la fase que más varía y la que conecta «tener una rodilla recuperada» con «tener una rodilla que tolera el deporte». Se trabaja la pliometría progresiva, los cambios de dirección, la carrera a alta velocidad, la potencia, la agilidad y los gestos específicos de cada deporte.
El alta deportiva se basa en pruebas objetivas, no en sensaciones: simetría de cuádriceps de al menos el 90 %, una batería de saltos (hop tests), la calidad del movimiento y la preparación psicológica.
Y un mensaje que conviene fijar: no se debe volver a un deporte de pivotaje antes de los 9 meses, aunque la rodilla se sienta perfecta a los 4 o 5. El injerto sigue madurando y el control neuromuscular aún no está consolidado.